El principio foral y la plurinacionalidad de las Españas como respuesta al conflicto territorial

Esfuerzo Común, nº 1.

María Teresa de Borbón Parma

El federalismo está de moda. En el mundo político, en el mundo del periodismo, en las tertulias. Está de moda en Europa y en España. En Europa, porque está constituida por estados-nación y, precisamente, el estado-nación está en crisis. Laminado hacia arriba, ya que sus ámbitos competenciales pertenecen al ámbito europeo propiamente dicho. Y laminado por abajo porque hay presiones cada vez mayores para que se resuelvan sus problemas a un nivel más local.

Del estado-nación se ha dicho que es demasiado pequeño para proteger a los ciudadanos, y demasiado grande para escucharlos. Europa, que tiene como única base unos tratados que hay que revisar constantemente, necesita una Constitución que organice su estructura federal. A España, enfrentada a una situación tensa por las presiones centrífugas, el federalismo le parece una solución. Hay en ambos casos apetencia federalista, y eso es importante. Pero el federalismo no es una mera receta cosmética, es una realidad jurídico-política que hay que abordar desde la vertiente socio-política e histórica. Y así nos podemos asomar a su futuro como, entre otros, lo vemos los carlistas, y así, solamente así, puede ser una esperanza.

La definición del federalismo, es breve: Hay federalismo si hay un conjunto de comunidades políticas que coexisten, colaboran e interactúan como entidades autónomas en un orden común que, por supuesto, mantienen su autonomía propia. El profesor Juan Cruz Alli lo define así: “los pueblos y sus tradiciones no pueden estar diluidos en un Estado que les aparece como una súper estructura asfixiante”. Al contrario, siguiendo el principio de subsidiariedad deben de ser respetadas sus vivencias culturales en un adecuado ámbito de decisión política y económica.

Son definiciones breves pero que cubren una realidad socioeconómica muy compleja y una historia todavía más compleja que tenemos que abordar brevemente. A mí me gusta la definición de Juan Cruz Alli porque contempla la dicotomía nación-estado, la nación es el alma de un pueblo, sus costumbres, tradiciones, recuerdos, mitos, aspiraciones, su saga, su mística. El estado, su necesaria estructura socio-política y económica. El peligro es que a lo largo de la historia el estado pisotee los rasgos característicos de la nación o, lo que es lo mismo, los utilice de manera perversa al servicio de una ideología totalitaria.

Se acaba de reeditar un libro del fundador de la sociología moderna, Émile Durkheim. En ese libro se estudia críticamente la ideología del alemán Heinrich von Treitschke, padre del nacionalismo germano. Treitschke justifica el dominio absoluto del estado sobre la nación y la sociedad civil con una frase lapidaria: “Der Staat ist Macht” (el estado es poder). El estado es fuerza por encima de la moral y añade, “hace falta que la moral sea más política, para que la política sea más moral”. O sea, que la moral ha de aceptar todas las excusas de la política, incluso todas las falsas excusas. A esto Maritain contesta que “la vida política y social transcurre en un mundo de la existencia y de la contingencia, no de las puras esencias, es un mundo de fuerzas concretas cargadas de humanidad, que actúan con el peso de la contingencia y de la fatalidad y que la política debe medir en su signo existencial”.

Vemos que la relación Estado-Nación es compleja porque encubre la problemática democrática de la representación y de la participación. Para que un pueblo acepte una organización política que enmarque su realidad histórico-política, para que se haga con las contingencias, es necesario un vínculo psicológico intangible que le permite reconocerse a sí mismo, reconocer sus estructuras culturales para que así acepte el futuro. Es un elemento sentimental insustituible, es la querencia a la que he aludido antes.

Vamos a ver la historia de esa querencia, por ejemplo en el caso de Alemania. Después de la I Guerra Mundial, Francia intenta desesperadamente que Alemania vuelva a la estructura anterior a la unificación prusiana para evitar precisamente su beligerancia y no lo logró. Después de la II Guerra se logró, no la vuelta a una estructura pre federal pero sí el federalismo. Y fue exitoso, porque en ese caso estaba satisfecha la querencia de Alemania a su pasado y la querencia hacia ser una organización moderna, por esto fue exitoso. Permitió evitar la beligerancia que había caracterizado Alemania y sobre todo su reconstrucción después del desastre de la guerra. El federalismo fue un éxito, se puede decir, en cierto modo, que Alemania es la nación más exitosa de Europa en muchos aspectos. Suiza no es el país más divertido de Europa, pero hay que reconocer que es un país exitoso al máximo, donde hay mayor respeto a la naturaleza, donde hay mayor convivencia democrática, donde hay paz. Bueno, realmente es interesante, no digo como modelo absoluto pues tenemos nuestras propias tradiciones, pero Suiza es admirable por su sistema político, administrativo y judicial además de democrático con el que ha logrado un equilibrio realmente admirable.

En España tenemos nuestras propias tradiciones, tenemos una memoria histórica en Cataluña, Valencia, de constituciones antiguas, de Concejos locales, de federalismo práctico y de tradición participativa. El sistema pactista en Cataluña, Aragón, Valencia, según el profesor Ferrán Toledano, son las estructuras de la tierra, la Generalitat, los Concejos… ¿Cómo definir la querencia de España a la que he aludido antes? A partir del siglo XIX el carlismo será su campeón absoluto (volveré a esto más tarde), pero tengo también que citar la breve experiencia de la II República, con sus autores socialistas, Fernando de los Ríos, Araquistaín, Besteiro y, en una época más cercana, la historia de la pre-transición democrática, que es nuestra historia inmediata. Allí se puede pulsar la querencia federalista en vivo. Entonces las fuerzas vivas de los pueblos, de los barrios, se unen por nacionalidades en Cataluña, Valencia, Euskalherria, en todas, en una opción que se ha caracterizado como patriotismo federal y que fueron desbaratadas por fuerzas supratraterri-toriales.

Personalmente, en mis experiencias posteriores por Europa, con el Frente Exterior del Carlismo, cuantas veces he oído: “españoles, no intentéis inventar otra forma política, no intentéis abrir otra forma de federalismo, seguid nuestra norma europea”. Y así fue. No sé si se hubieran podido inventar otras formas, como queríamos, pero hubo presiones muy fuertes para que no fuese así. Ahora sí, hay que reconocer que hubo un intento de acercamiento a la idea federal con el estado autonómico consagrado en la Constitución vigente que se ha caracterizado como “estado centralista regionalizado” o “estado polícéntrico”. El estado es unitario por la superioridad de los intereses generales cuya titularidad corresponde a órganos centrales. Es plural por el autogobierno potencialmente diferenciado de los intereses políticos que la propia Constitución y los Estatutos le reconocen. Además pretende respetar el derecho de foralidad con una frase lapidaria, “ahí donde existe”. Pero la España autonómica no es una federación, no tiene sus características, por tanto, no ostenta sus ventajas. En una federación cada nación determina libremente las relaciones que tiene con el resto de los pueblos que integran el Estado, y así la vinculación es fuerte.

En la España actual, la autonomía no es un principio de soberanía y no permite oponerse a la unidad, así no participa directamente en la voluntad estatal, además, eso lo reconocen todos, hay una laminación constante de las competencias autonómicas, por parte de la administración central, día a día lo vemos, y, así las cosas, ¿cómo podríamos ver el futuro?

Ya que estamos en Valencia, voy a citar los autores y los intelectuales valencianos. Martínez Vicente habla de la historia, habla de Federico Furiol Ferjol y de la tradición imperial aragonesa. Según esta, cada territorio tenía su estructura propia, sus leyes y sus fueros, frente al neocentralismo agresivo, al independentismo, al regionalismo sucursalista, él propone el valencianismo cívico inspirado en Joan Fuster, apoyado en la identidad histórica y la voluntad democrática.

Javier Rivera habla de un escalofriante encefalograma y propone la recuperación de la personalidad histórica. Valencia en Europa no tiene que ser solamente vendedora de naranjas, es otra cosa, tiene que dar a conocer su lengua, cultura, historia, tiene que participar de algún modo en la gobernanza europea, y para esto valorar la paz democrática que ha deparado Europa, sus progresos socioeconómicos.

Yo creo que es importante ahora, que en Europa existe un populismo negativo, la ética y el humanismo que ha caracterizado la cultura europea, por la fusión de las culturas de los distintos países de Europa. Javier Rivera no quiere un pancatalanismo, ni un anticatalanismo, sino un valencianismo plural.

En cuanto a los carlistas, podemos decir que frente a esa querencia un poco vaga, a la que he aludido, nosotros tenemos una querencia muy concreta. Yo creo que somos los únicos o los mayores poseedores de ese vínculo psicológico intangible al que he aludido antes. En medio de los que claman por el federalismo, somos los únicos que hemos protagonizado guerras a su favor, que hemos llevado una labor pedagógica, nuestros intelectuales, nuestros militantes, nuestro pueblo, para explicar, para pensar el federalismo. Las naciones culturales vascas, catalanas, gallegas, valencianas, forman parte de la nación cultural carlista. Además hemos experimentado el federalismo, con el reino de Carlos VII, en una parte de España, con la fundación de la Universidad de Oñate, en lengua de Euskalherria, el euskera. Antes he aludido a nuestra historia inmediata de lucha democrática, hemos sido partícipes de esta lucha democrática de manera muy peculiar y, al mismo tiempo, nuestro partido ha revivido propuestas fieles a su pasado tradicional de autogestión territorial y económica. Por tanto, teníamos una razón para poder ser escuchados por el Pueblo Español.

Para el futuro queremos utilizar todos los recursos que brinda la modernidad para facilitar la comunicación entre gobernantes y gobernados, un poco a modo de la democracia que tiene lugar en el Norte de Alemania. También para favorecer la transversalidad entre Estados Federales. También tenemos intereses en que las Cámaras que representan a los Estados no sean solamente políticas, que haya una cámara económica y una cámara cultural, particularmente interesante en España por las lenguas diferenciadas.

El autogobierno territorial arranca del municipio y se eleva hacia el Estado. Yo creo que el Carlismo tiene una gracia especial para pilotar la dicotomía de Estado y Nación a la que me he referido antes y para actualizar la aspiración pactista frente al concepto que se llama de “democracia absolutista” que no quiere contemplar el federalismo porque pretende que el federalismo divide al poder. Hay algo a lo que estaremos siempre muy atentos los carlistas: que el pueblo de los distintos estados no pierda su protagonismo. Nos preocupa la homogeneidad de los valores. En las estructuras federales se vela porque entre los distintos estados federales haya valores que sean iguales; por ejemplo, en Europa, la no discriminación por razón sexo, el igual respeto de creencias religiosas que estas no entren en el ámbito de la gobernanza. Pero esos valores a veces pueden ser vulnerados y hay casos, ahora por ejemplo lo vemos con Hungría o con Polonia, en que están siendo vulnerados o casi vulnerados. Entonces es muy útil el recurso jurídico a la propia base para que reclame el dictamen de homogeneidad de valores.

Los carlistas siempre estaremos a favor de esa posibilidad por parte de los pueblos de los Estados Federados, la homogeneidad de los valores. Naturalmente el federalismo reclamará de la nueva Constitución, un nuevo juego de interdependencia entre los Estados de las Españas. Siempre hemos hablado de las Españas y ahora queremos que sean Estados Federados, con un marco de democracia participativa en lo político, en lo económico hasta incluso en lo energético, para que renazca el entusiasmo de la pre-tradición democrática. Como lo contempla el Profesor Ferrán Toledano, es necesario un nuevo tejido de relaciones internas y una participación de los Estados Federados en su relación con Europa. Eso es muy importante en la medida en que estaremos cada vez más integrados en Europa y es natural que los Estados Federados hagan oír su voz en esta relación.

El federalismo es la solución para las Españas y para Europa. Nosotros los carlistas no queremos ser los únicos depositarios del futuro federalismo. Queremos compartirlo con otros, porque es la única vía para que vivan juntos y beban del mismo río que conduce al futuro todas las Españas, todos los españoles.

 

Autor: espaciocarlista

Espacio de encuentro para el Pueblo Carlista

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